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Metamorphoses, IV, 55-156)
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Píramo, el más hermoso de los mancebos, y Tisbe, la primera entre las doncellas que tuvo el Oriente, habitaron en casas contiguas allí donde se dice que Semíramis circundó su magnífica ciudad de murallas hechas de ladrillo cocido. La proximidad promovió el conocimiento mutuo y los primeros pasos amorosos. Con el tiempo creció el amor, y se hubiesen unido en legítimo matrimonio también, pero lo vedaron los padres. Mas no pudieron prohibir el hecho de que ambos, faltándoles el juicio, a la par se abrasaban de amor. No tienen intermediario, sino que se comunican por gestos y por señas; y mientras más encubren el fuego de su amor, tanto más se aviva por oculto.
La pared que mediaba entre las dos casas tenía una pequeña grieta que había recibido en aquellos tiempos cuando se edificaba. Este defecto pasó inadvertido de todos por muchos siglos hasta que vosotros, amantes, lo notasteis-pues de que no se da cuenta el amor-y lo hicisteis vía de comunicación por donde solían pasar seguras las lisonjas amorosas en forma de levísimos murmullos.
A menudo, cuando se había sentado Tisbe a esta parte de la pared y Píramo a la otra, y cuando cada uno había recibido a su vez el hálito del otro, decían:
-Oh envidiosa pared, ¿por qué obstruyes a los que se aman? ¿Qué te costaría permitir que nos uniesemos en cuerpo o, si esto es demasiado, abrirte algo más para que nos pudiesemos besar? Pero no somos ingratos: Reconocemos que te estamos obligados por este tránsito que nos ha sido dado para que las palabras pasen a oídos amigos.
En una ocasión, después de decir tales cosas y otras semejantes-en
vano-desde sus respectivos lugares, hacia el anochecer se despidieron, y
cada uno dio besos a su lado de la pared, que no llegaron al otro. Apenas
la Aurora había apartado los fuegos
nocturnos y el sol había enjugado con
sus rayos la hierba cuajada de escarcha, se reunieron de nuevo en el lugar
acostumbrado; y habiéndose quejado con murmullos débiles como muchas
veces antes, determinan que intentarán engañar a los porteros en el
silencio de la noche, que saldrán afuera, y que, luego de salirse de sus
casas, abandonarán la ciudad; y para no extraviarse mientras recorren el
campo abierto, convienen en que se encontrarán junto a la tumba de Nino y
que se esconderán bajo la copa de cierto árbol: Pues en ese lugar había un
árbol (era un moral alto) muy cargado de frutos blancos como la nieve,
lindante a una fuente muy fría. El convenio les agradó. Ese día les pareció
que el sol descendía demasiado lentamente. Pero al fin se precipitó en las
aguas y de las mismas salió la noche.
Luego de hacer girar los goznes, la taimada Tisbe engaña a los suyos y se escabulle por las tinieblas. Con el rostro velado por un manto, llega al túmulo y se sienta bajo el árbol designado. El amor la hacía audaz.
He aquí que viene una leona con las fauces embarradas de sangre, a causa de la matanza reciente de ganado, a aplacar la sed en las aguas de la fuente vecina. Tisbe la babilonia la ve venir de lejos a la luz de la luna y huye con pavoroso pie dentro de una cueva oscura. Mas en su fuga deja detrás el manto que se le desliza de los hombros. Después de apagarse la sed con abundantes tragos de agua, la leona halló por casualidad mientras volvía a internarse en la selva el manto delicado-pero no a la joven-y lo desgarró con su boca ensangrentada.
Píramo, que había salido más tarde, viendo las huellas ciertas de la bestia en el polvo denso, palideció completamente; y cuando halló también el manto teñido de sangre, dijo:
-¡Una noche echará a perder a dos amantes, de los cuales ésa era mucho más digna de gozar de larga vida! Yo solo soy el culpable. Yo solo te maté, o digna de lástima. Yo quien te mandé venir de noche a este lugar lleno de pavor y no vine antes que tú. ¡Oh cuantos leones habitáis al pie de este acantilado, desgarrad mi cuerpo y consumid mis entrañas pérfidas con vuestras fauces crueles! Mas, es de cobardes sólo pedir la muerte.
Recogió el manto de Tisbe y, llevándolo consigo a la sombra del árbol donde habían quedado de encontrarse, bañó de lágrimas la pieza conocida y la besó, diciendo:
-¡Embebe ahora mi sangre también!
Se hundió entonces en el costado la espada con la que estaba ceñido y sin demora se la arrancó, moribundo, de la herida caliente. Tendido boca arriba en el suelo, la sangre le brota en alto del mismo modo que cuando se abre la cañería por donde se ha corrompido el plomo, y emite estelas de agua por el delgado agujero que silba, hendiendo el aire con sus chorros. Los frutos del árbol, rociados por la efusión de sangre, se mancharon de negro, y las raíces, absorbiendo la sangre, tiñeron de púrpura las moras pendientes.
He aquí que regresa Tisbe, aun no bien recobrada del susto, para no decepcionar al amante. Busca al joven con los ojos y con el corazón, pues desea ardientemente contarle cuántos peligos ha esquivado. Pero, aunque reconoce el lugar y le parece ser ése el árbol, el color del fruto la hace poco segura. Duda que ése sea. Mientras vacila, ve un cuerpo palpitante que se revuelca sobre la tierra cubierta de sangre. Retrocedió y, con la cara más pálida que el boj, se estremeció así como el agua se estremece cuando una brisa ligera le roza la superficie. Pero, cuando al cabo de un instante reconoció al amado, se batió los brazos inocentes con resonantes golpes, se mesó los cabellos y, estrechada al cuerpo amado, le llenó la herida de lágrimas, mezclando su llanto con la sangre de él; y mientras besaba la cara yerta de Píramo, exclamó:
-Oh Píramo, ¿qué desgracia te me ha arrebatado? ¡Píramo, responde! Tu muy
querida Tisbe te llama. ¡Escúchame! ¡Levanta la cabeza tendida!
Al oir el nombre de Tisbe, abrió los ojos apesados de muerte, y, luego de verla, los volvió a cerrar. Entonces, reconociendo su manto y viendo el marfil sin espada, dijo Tisbe:
-¡Tu propia mano y tu amor te han echado a perder, oh desdichado! Yo también tengo mano fuerte para este mismo asunto. Yo también tengo amor, y él me dará fuerzas para resistir las heridas. Te seguiré en la muerte para que se diga de esta misérrima que no sólo fue la causa de tu muerte, sino también tu compañera en ella. ¡Ay de mi! Sólo la muerte pudo privarme de ti en vida, pero no podrás ser arrebatado de mí en la muerte.
Oh padres muy desafortunados, míos y de Píramo, dejaos suplicar por estas palabras de ambos. No envidiáis que una misma sepultura reúna a quienes han unido un firme amor y la hora de la muerte. Y tú, árbol, que ahora cubres con tus ramas el cadáver desgraciado de uno y que pronto cubrirás el de dos, mantén las señas de estas muertes y ten siempre frutos negros-color apropiado al luto-como testimonio solemne de un suicidio doble.
Dicho esto, se colocó la punta de la espada, que aun estaba tibia con la sangre de Píramo, debajo del seno y se echó sobre ella. Sus ruegos conmovieron a los dioses; conmovieron a sus padres: Pues el color de la mora es negro cuando ha madurado del todo, y los restos de la hoguera fúnebre descansan en una misma urna.